Mujer y Desarme
La participación de la mujer como un papel esencial en el desarme nuclear mundial.
Rosy Mercado | Internacionalista | | Edición: 55
Mujer y Desarme

     ►   El desarme es un tópico de la agenda internacional que exhibe con mucha claridad la urgencia de la participación efectiva de las mujeres en todos los ámbitos de la política.

     ►   La evidente hostilidad que se ha suscitado en la relación entre Estados Unidos y Corea del Norte ha reavivado el diálogo en torno a la amenaza global que representa la nuclearización. Durante décadas, algunos Estados han utilizado el argumento de la seguridad nacional como justificación para desarrollar y detentar este tipo de armamento.

Bajo esta mirada, el uso nocivo de la energía nuclear concierne a todos los seres humanos, ya que implica la destrucción de ciudades enteras y la pérdida de millones de vidas, hasta alteraciones genéticas en generaciones posteriores a su uso. Sin embargo, las mujeres no han encontrado espacios de participación en esta atmósfera política altamente masculinizada. El desarme es un asunto de la agenda internacional que refleja de manera particular cómo el género influye en la asignación histórica de roles políticos en función a las labores y conductas clasificadas generalmente como femeninas y masculinas.

Los últimos 60 años del siglo pasado siguieron una línea en la que el diseño de esquemas de seguridad nacional se caracterizó por una fuerte propensión al militarismo, relegando a las mujeres y desviando sus intervenciones hacia sectores menos categóricos. Por mucho tiempo se ha pretendido mantener la mano femenina “alejada del botón nuclear”.

 

MUJERES DESTACADAS EN EL DESARME

Rose Gottemoeller

Vicesecretaria general de la OTAN

Izumi Nakamitsu

Secretaria General Adjunta en Asuntos de Desarme, ONU

Namdi Payne Segunda

Secretaria en la Misión Permanente de Australia ante la ONU (Australia)

Maria Andrea Torres Moreno

Coordinadora de la Oficina de Desarme y Seguridad Internacional (Colombia)

Pia Nordberg

Ministra de Relaciones Exteriores (Finlandia)

Susanne Baumann

Ministra de Relaciones Exteriores (Alemania)

María Antonieta Socorro Jáquez Huacuja

Diputada Director General (México)

Maria Venegas Grau

Ministra Diputada Cabeza de Missión (España)

 

 

Mujer y Desarme

Hablar de género como una dimensión empírica de las  relaciones internacionales permite ampliar el debate acerca de esferas de la política bastante complejas y convulsas por naturaleza, como lo son el control de armamento, las estrategias de seguridad nacional, la militarización y el desarrollo de armas de destrucción masiva.

La restricción de la participación femenina en temas relacionados con la política militar se ha llevado a cabo considerando —en un gran número de ocasiones— las asociaciones estructurales existentes (de forma consciente e inconsciente) de lo que es “inherente” al hombre y a la mujer.

Así, el hecho de que a los hombres se les relacione con la fortaleza, objetividad, valentía, dureza, toma de riesgos, territorialidad o autocontrol y a las mujeres con la intuición, la empatía, tranquilidad, sensibilidad y la emocionalidad, ha influido en la designación de lugares para la mesa en donde se  desarrollan las estrategias de defensa de una nación.

Para Lucía Riojas Martínez, Diputada Federal independiente perteneciente a las Comisiones de Igualdad de Género y Derechos Humanos de la Cámara, la imposición de roles de género representa actualmente un desafío.

“Que haya más mujeres participando en política es un logro que necesariamente se tiene que ver complementado por la resistencia, con alzar la voz y buscar los espacios de mayor incidencia y de ejercicio de poder sin simulaciones.”

Un ejemplo de la imposición de dichos roles mencionado por Ann Tickner —teórica feminista de las Relaciones Internacionales— en su libro Gender in International Relations: Feminist Perspectives on Achieving Global (1992), es la reacción de la sociedad, la prensa y la comunidad política ante las lágrimas de Patricia Schroeder al anunciar que no contendería por la presidencia de los Estados Unidos en 1987.

Pese a haber sido la primer mujer electa para representar a Colorado en la Cámara de Representantes de los Estados Unidos y en participar en el Comité de Servicios Armados de la misma Cámara, su idoneidad para la política se vio severamente cuestionada, luego de llorar en el hombro de su esposo tras retirarse de la contienda presidencial. Dicho ejemplo ilustra la realidad de la asociación de género a conductas que condicionan la reacción social.

El estereotipo femenino de la sensibilidad y la incapacidad de tomar decisiones difíciles fue señalado por la prensa, derivando en la descalificación de Schroeder y la enfatización de exacerbada emotividad para alguien que tiene voz en temas nucleares. Esto evidencia cómo los patrones de comportamiento sujetos al género movilizan a la opinión pública dando paso a la segmentación y reproducción de prácticas políticas generalmente aceptadas.

En ese sentido, la feminización de la paz y la masculinización de la defensa del territorio han traído consecuencias directas sobre cómo las mujeres y los hombres son vistos y educados desde pequeños, originando microambientes gestados en los hogares que impactan en  la formación de los gobiernos a nivel internacional.

Cabe señalar que el relacionar a las mujeres con la paz no es una práctica errónea, siempre y cuando esto no sirva para atenuar sus aspiraciones políticas o le asigne una postura predeterminada.

El largo camino hacia el desarme no se acortará al incorporar voces femeninas por el simple hecho de serlo, no deben llenarse los vacíos legales en torno a la prohibición del armamento nuclear con una imagen concebida de indefensión de la mujer que en automático la segrega de las mesas de negociación.

 

Nuclearización del Lenguaje

El Bulletin of the Atomic Scientists calcula que actualmente existen 9 mil 435 ojivas nucleares —se le denomina así a cada una de las bombas nucleares susceptibles de ser proyectadas por un misil— en posesión de Estados Unidos, Rusia, Corea del Norte, China, Pakistán, Francia, Israel, Reino Unido e India. Estos gobiernos han mantenido por años una retórica de seguridad nacional encaminada a no deslegitimar el uso pernicioso de la energía atómica. Para lograr lo antedicho, el lenguaje ha sido un factor preponderante que vale la pena observar, en especial si se analiza la relación que guarda con el género. Además, los discursos relacionados a las armas de destrucción masiva y sus efectos, fueron especialmente adaptados a las condiciones requeridas para su existencia y legalización.

Un análisis como el que realiza Carol Cohn[1] ¹ de la terminología abstracta empleada por la comunidad estratégica nuclear de la época (1984) para validar sus decisiones y “la voz dominante de la masculinidad militarizada y la racionalidad descontextualizada” en su texto Sex and Death in the Rational World of Defense Intellectuals, reveló nexos entre el uso del poder militar y la virilidad.

El catalogar a alguien como débil por instar a la moderación ante un ataque,  la controversia sobre si los mandos políticos tenían “suficientes agallas para la guerra”, o el considerar que el desarme es “deshacerte de todas tus cosas”, muestra cómo la militarización ha sido en ocasiones un vehículo para afianzar la masculinidad de los tomadores de decisiones.

De igual manera, apunta que al utilizar terminología adaptada, se alejaban de la realidad y la convertían en un universo de abstracciones. Así puede explicarse que la muerte humana se denomine “daño colateral”, que el “cortador de galletas” haga referencia a la bomba de neutrones, o que se utilice “estabilidad estratégica” en lugar de paz. Si bien es cierto que el estudio de Cohn fue realizado hace más de treinta años, es una referencia importante sobre la semántica del lenguaje nuclear en función de una atmósfera masculina.

 

El Multilateralismo y su efecto

Desde que en 1945 Japón se convirtió en la primera víctima de ataques nucleares en el mundo, el debate en torno al uso de este tipo de armamento ha estado presente en la agenda internacional. El eventual riesgo de aniquilación nuclear durante la Guerra Fría orilló a la creación de instrumentos jurídicos desarrollados en el seno de la diplomacia multilateral con la seguridad colectiva como principal encomienda.

Es precisamente en esta coyuntura que se genera el Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP,1968), durante años considerado piedra angular en el trayecto hacia el desarme, que separaba a los Estados en poseedores y no poseedores, y los obligaba según sus características a emprender labores encaminadas a lograr la no proliferación, el desarme y el uso no coercitivo de la energía nuclear.

La Organización de las Naciones Unidas se ha involucrado históricamente en cuestiones de desarme, integrando por primera vez en 2001 una perspectiva de género a través de la publicación de una serie de notas informativas en materia. Nueve años después, emitió instrucciones orientadas a la “Incorporación de las perspectivas de género para la implementación efectiva del Programa de Acción de las Naciones Unidas”.

Pese a estos mecanismos y pautas que persiguen la transversalización, es innegable la brecha existente entre las responsabilidades adquiridas a través de directrices internacionales, y las acciones concretas que se traduzcan en resultados firmes y que a su vez impacten en el tejido social de los Estados que las suscriben.

Las falencias del TNP y la pugna de la comunidad internacional por conseguir que la simple existencia de las armas nucleares fuera declarada ilegal derivaron en 2017 en la adopción del Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares. Este acuerdo representa el pacto de 122 países en relación a la ilegalidad del armamento nuclear, su uso, desarrollo, transferencia y producción. El documento contiene en su preámbulo un compromiso nunca  antes enunciado en un tratado de armas: “apoyar y reforzar la participación efectiva de las mujeres en el desarme nuclear”.

Pese a que el Instrumento legal no fue aprobado por ninguno de los Estados poseedores, se trata de la culminación de una suma de voluntades diplomáticas coordinadas para deslegitimar el uso de armas de destrucción masiva.

Aún cuando las mujeres paulatinamente se están involucrando en llenar el vacío reglamentario que permite la legitimación del uso belicoso de este tipo de energía, es necesario seguir retando los patrones de poder establecidos para incorporarse activamente en las acciones dirigidas a que los Estados con armas nucleares dejen de rechazar la iniciativa y se comprometan a cumplir con las responsabilidades legales que emanan del acuerdo. El reto no es menor, pero tampoco lo es la urgencia de integrar voces que aporten sin que el género sea un obstáculo para ello.

“El poder debe ser ejercido de manera distinta a la que conocemos, y las mujeres llegamos al poder, más fuertes que nunca, dispuestas a no dar un paso atrás. Como sociedad, también debemos exigir ver en esos espacios de toma de decisiones a más mujeres.”

 

México: Diplomacia y Transversalidad

La participación de México fue crucial para lograr la creación del Tratado para la Proscripción de Armas Nucleares en América Latina y el Caribe (Tratado de Tlatelolco 1967), convirtiendo así a esta región en la primera zona densamente poblada a nivel mundial completamente desnuclearizada. El multilateralismo ha sido el vehículo de la diplomacia mexicana para afianzar una trayectoria histórica en pro del desarme.

La firmeza con la que México ha actuado durante décadas condenando la existencia de las armas de destrucción masiva, es un notable logro de su política exterior. El liderazgo regional en materia que la Cancillería ha dirigido representa una importante responsabilidad dotada de atribuciones observadas por el resto de los países latinoamericanos. Esta autoridad debe reflejarse en la incidencia de las mujeres en las políticas públicas relacionadas con la seguridad y el control de armas. Al ser un país referente en el tema, no puede permitirse el privarse de las contribuciones de las mujeres a la agenda del desarme.

Al respecto, Riojas Martínez señala que es necesario que México evoque su propia historia.

“Recordar a las mujeres que han construido y reconstruido este país, y, sobre todo, hacer valer sus palabras. Tomarse en serio el papel de nuestra participación política, abrir espacios para nosotras, respetar nuestras decisiones y opiniones, y entender que el poder no puede ser solamente masculino, que no hay democracia sin mujeres.”

La seguridad es un tema de bastante complejidad que requiere la implicación de toda la sociedad. La asignación de tareas basadas en el género y sus convencionalismos lastima el esquema de equidad que es cada día más requerido. El desarme es un tópico de la agenda internacional que exhibe con mucha claridad la urgencia de la participación efectiva de las mujeres en todos los ámbitos de la política.

Se busca que las mujeres abonen a la construcción de una cultura de paz, pero se les relega de participar de manera directa en la formulación de políticas de no proliferación y desarme. El proyecto de incidir en este tipo de foros ya está en marcha; el trayecto no será breve pero en la meta se puede desmitificar que las aptitudes “masculinas” son los rieles sobre los que deben correr las políticas de desarme.

 


¹ Directora fundadora del Consorcio sobre Género, Seguridad y Derechos Humanos, y profesora de Estudios de la Mujer en la Universidad de Massachusetts.



 

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