Vendaval Cultural
Un reto en materia de política exterior.
Rosy Mercado | Internacionalista | | Edición: 54
Vendaval Cultural

     ►   El escenario internacional actual, tan estratégicamente montado, representa un reto global en materia de política exterior. La diplomacia moderna enfrenta el desafío de proponer soluciones pragmáticas y nuevas líneas de diálogo, acercamiento y promoción entre los Estados.

     ►   Por medio de la retórica, la exportación de valores y la integración de la cultura como pilar en la construcción de la imagen nacional, el soft power ha enriquecido la forma de pensar y diseñar la diplomacia.

En las últimas décadas, el soft power, o “poder blando” —capacidad de influencia y persuasión sobre un tercero sin hacer uso de la fuerza—, se ha enraizado en las relaciones internacionales como una de las alternativas mayormente utilizadas para ofrecer beneficios palpables para las naciones. Por medio de la retórica, la exportación de valores y la integración de la cultura como pilar en la construcción de la imagen nacional, esta herramienta ha enriquecido la forma de pensar y diseñar la diplomacia.

Bajo esta óptica, de acuerdo a César Villanueva, Director del Departamento de Estudios Internacionales de la Universidad Iberoamericana, en su artículo, Construyendo el poder suave en México (2017), la cultura emerge como uno de los principales componentes del entramado de mecanismos de los que se nutre el soft power para la consecución de sus objetivos. El elemento cultural se ha reafirmado como punto central en la conformación de identidades nacionales, evidenciando también su relevancia en temas pertenecientes a la agenda internacional, tales como: los derechos humanos, la globalización y el comercio.

Esto puede explicarse gracias a que, en parte, la rentabilidad de la cultura recae en alejarse de la crudeza del interés que reviste a las relaciones económicas y políticas, y centrarse en la diferenciación como “propuesta de valor” ante los otros, siendo promotora de apertura e intercambio entre Estados que pueden llegar a ser diametralmente opuestos.

La cultura no es únicamente racional, está en lo que pensamos y sentimos, en lo que expresamos y no; por tanto, es inherente al ser humano y sus relaciones. En consecuencia, la diplomacia cultural es una táctica capaz de tomar los aspectos más sensibles y preciados que dan forma a la identidad de una nación y utilizarlos para cambiar percepciones, romper paradigmas y plantear visiones sobre lo propio.

Por tanto, la utilización de elementos culturales como instrumento de promoción e inserción ha sido una constante para muchas naciones alrededor del orbe. Tal es el caso de los Estados Unidos, que ejecutó una maniobra diplomática exitosa cuando la Guerra Fría se encontraba en su punto más álgido. Para Kathleen Guerra¹, Directora de Prensa, Cultura y Educación en la Embajada de los EE.UU. en Paraguay, a través de la gira del New York City Ballet en Moscú en un contexto político hostil entre los dos países involucrados, quedó demostrada la permeabilidad de las sociedades ante las manifestaciones artísticas.

En ese sentido, la identidad juega un papel de enorme relevancia en la conformación de una estrategia de diplomacia cultural, tomando en cuenta que, al ser las identidades construcciones sociales, moldean los intereses y las prácticas que se traducen en la realidad concreta. En consecuencia, la identidad nacional resulta consustancial a la cultura, forjando el sentimiento de “nosotros” frente a “otros”; mismo sentir de diferenciación del que se vale la diplomacia para crear un contexto favorable a la interrelación y enriquecimiento mutuo.

La cooperación académica, los intercambios artísticos y la difusión internacional del idioma y tradiciones, son sólo algunas de las acciones de las que se valen los gobiernos para alcanzar los fines que se plantean más allá de sus fronteras; es precisamente mediante la inclusión de estas rutas que les es posible hacerse un espacio en un mercado cultural altamente competitivo.

Sin embargo, el camino al logro de una estrategia exitosa no es llano y mucho menos corto. Los involucrados en la elaboración y difusión de este tipo de prácticas no deben perder de vista que la cultura tiene un valor per se, y se trata de un fin último y no únicamente de un medio (Omar Baqueiro, Mexico´s Cultural Diplomacy: Analysis of its impact on development and what constitutes an effective strategy, 2017). Por tanto, el ejercicio de la diplomacia cultural requiere estar dotado de continuidad, coherencia e integralidad.

 

Diplomacia Híbrida

Hablar de diplomacia cultural nos permite incorporar voces de diversos actores que personifican, construyen y enarbolan la cultura, tal es el caso de escritores, artistas, académicos, grupos musicales, representantes de la gastronomía, etc.

El papel de los embajadores extraoficiales, desempeñado por distintas personalidades, organizaciones e instituciones, es tan importante como el que puedan ejercer organismos especialmente designados para ello. La diplomacia cultural es terreno fértil para la adhesión de actores que, con su tradición y legitimidad abonan a la construcción de una “imagen nacional exportable”. La participación de estos actores no estatales representa la facultad de contar con más canales de comunicación externa, capaces de emitir mensajes prácticos y tangibles, que con las líneas diplomáticas oficiales sería más complejo enviar.

La diplomacia cultural es un catalizador de la socialización de la política exterior.

De esta manera puede explicarse la proliferación de centros de enseñanza de idiomas, traducción de obras literarias, presentaciones artísticas, intercambios académicos, exposiciones extranjeras permanentes, apertura de museos y exportación de películas y documentales cargados de simbolismos culturales. Las nuevas tecnologías y particularmente el acceso a internet, ha engrandecido el alcance de la diplomacia cultural y ha contribuido a la multiplicación de nuevos elementos que la impactan. Es tarea de los gobiernos empoderar a estos portavoces de la cultura capaces de participar activamente en la construcción y promoción del tejido social nacional.

De acuerdo con Kathleen Guerra, la tecnología representa un elemento que hay que manejar con cautela:

“Con el internet hay un nuevo mundo de posibilidades de diplomacia cultural, pero digo esto con dos advertencias: la primera es que ahora tenemos el problema opuesto, que hay tanta información cultural disponible que en ocasiones las personas no saben por dónde comenzar; y la segunda es que no hay nada que pueda reemplazar la experiencia de interactuar con personas de otro país cara a cara”

“No se puede hablar bien español sin entender la cultura de los hispanohablantes. En una manera paralela, no se puede entender la política exterior de un país sin entender su cultura en un amplio sentido: su historia, sus raíces, su gente”

 

 

Panorama Internacional

La diplomacia cultural encaja de manera distinta en la política exterior de cada Estado; no existe una homogeneidad en su utilización ni sus beneficios son igualmente patentes para cada actor. Partiendo de esto, los gobiernos deben coordinar y ejecutar de manera distinta sus dinámicas, examinando el panorama interno y valiéndose de su tradición y lugar ocupado en el ajedrez político internacional.

A raíz de la disparidad que existe en las vías de operación entre las naciones, se han desarrollado indicadores capaces de comparar la penetración del poder blando ejercido por los gobiernos, tal es el caso de la plataforma The Soft Power 30, que mide la profundidad de los recursos de poder suave de los países en relación con los demás. En ese sentido, y de acuerdo al informe correspondiente al año 2018, los Estados que encabezan el ranking son: Reino Unido, Francia, Alemania, Estados Unidos y Japón, dejando espacio únicamente a dos países latinoamericanos: Brasil y Argentina, ocupando los lugares 29 y 30 del conteo respectivamente. México ha estado presente en el ranking por única ocasión en 2015, siendo asignado con el puesto 29

Siguiendo esta línea de pluralidad que existe en la operatividad y medición del soft power y la diplomacia cultural, es necesario señalar algunos casos que ayuden a ilustrar la oscilación estratégica entre un país y otro. Nos encontramos así con ejemplos como Alemania, Reino Unido y Francia, que se valen de una importante participación pública complementada por iniciativas no estatales que trabajan con cierta independencia; contrastando con modelos como el estadounidense, que destaca por una altísima implicación —correctamente orquestada— de todo tipo de representantes de la cultura nacional, no necesariamente liderados por normas gubernamentales.

En relación a esto, Kathleen apunta que los países manejan su estrategia de diplomacia cultural de manera diferente.

“Aunque para los Estados Unidos es importante que nuestros programas culturales estén alineados a nuestros objetivos estratégicos. Es decir, no enseñamos inglés solamente para que más personas lo hablen, tenemos la meta de subir el número de personas listas para participar en la economía global, y al ser esta lengua una herramienta para lograrlo, es necesario que sea más aprendida”


¹  Kathleen Guerra, Directora de Prensa, Cultura y Educación en la Embajada de EU en Paraguay, también se desempeñó como Cónsul Regional de la misma área en el Consulado General de EU en Guadalajara.

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