Negocios de paz. La resiliencia de Nelson Mandela
“No hubo un día concreto en el que dijera ‘a partir de hoy dedicaré mi energía a la liberación de mi pueblo’. Simplemente me encontré haciéndolo y no podía actuar de otra forma”.
Esteban Muñoz Aguilar |
Negocios de paz. La resiliencia de Nelson Mandela

Su segundo nombre es Rolihlahla, que significa ‘alborotador’ o ‘revoltoso’; y los sudafricanos le llaman cariñosamente ‘Madiba’, nombre otorgado por su clan: los xhosa. Estos dos nombres definen muy bien la influencia que Nelson Mandela tuvo sobre la lucha por abolir el apartheid —sistema de segregación racial instaurado en 1948 para suprimir los derechos de la población negra— en Sudáfrica. Tanto así, que sus alborotos de justicia le valieron la condena de su gobierno para pasar 27 años en prisión. Sin embargo, esto no detuvo su lucha contra la opresión racial.

 

Nelson Rolihlahla Mandela fue uno de los grandes líderes morales y políticos de nuestro tiempo. Empeñó su vida en la lucha contra la opresión racial con tal fuerza y dignidad que llegó a ser, además de presidente de su país, Premio Nobel de la Paz en 1993, por su labor en la terminación pacífica del apartheid y por sentar las bases para una Sudáfrica democrática.

 

El prisionero más influyente

A sus 44 años, Madiba fue encarcelado en la isla de Robben —a 7 kilómetros de la costa de Ciudad del Cabo— al ser declarado culpable por sabotaje y conspiración durante el proceso de Rivonia (1962-1964). Después lo trasladaron a la prisión de Pollsmoor —en las afueras de Ciudad del Cabo—, donde residió los siguientes seis años (de 1982 a 1988). Fue en este lugar donde Madiba y el gobierno de Sudáfrica entablaron las primeras negociaciones para liberar a cientos de prisioneros políticos y abolir las leyes sectarias del apartheid.

El paso inicial sucedió en 1985, cuando el presidente Pieter Willem Botha ofreció liberar a Madiba “si rechaza incondicionalmente la violencia como instrumento político”. Fiel a su misión de encontrar un futuro colaborativo e incondicional, Madiba rechazó las condiciones impuestas para su liberación, respondiendo con un discurso leído por su hija: “No soy un hombre violento… Solo cuando no nos quedaron más medios de resistencia, tuvimos que recurrir a la lucha armada. [...] Amo profundamente mi libertad, pero amo todavía más [la del pueblo sudafricano]. Solo los hombres libres pueden negociar, los prisioneros no pueden formalizar contratos. No puedo ni pienso hacer promesas en un momento donde ustedes y yo, el pueblo, no somos libres”.

Con esta iniciativa, Botha manifestó indirectamente la insostenibilidad del apartheid. Asimismo, tanto Estados Unidos como varias naciones europeas empezaron a imponer sanciones económicas para la nación africana. Estas fueron un incentivo para que el régimen de gobierno desmantelara sus prácticas raciales y comenzara una transición hacia la democracia. Al comprender esto, Mandela decidió tomar un nuevo camino en la lucha: “Concluí que aquel era el momento en que la lucha podía avanzar a través de las negociaciones. Si no empezábamos a dialogar pronto, ambos bandos nos veríamos sumidos en una oscura noche de opresión, violencia y guerra”.

 

Sobre la cuerda floja

Las negociaciones con funcionarlos como Kobie Coetsee (Ministro de Defensa) y el mismo presidente Botha fueron respetuosas, aunque lentas. Tres años después de negar la oferta de libertad (en 1988), Madiba fue trasladado por última vez a la prisión Victor Verster. Ahí tuvo la posibilidad de entablar conversaciones más frecuentes con el gobierno y con sus propios partidarios.

Aunque algunos de sus camaradas desconfiaban del diálogo —incluso consideraron que Mandela se había vendido a la autoridad—, él les explicó que, desde su perspectiva, el gobierno estaba moral y políticamente derrotado, y que su estrategia sería darles la oportunidad de acabar con la segregación a través de la paz: “La victoria militar era un sueño distante, sino imposible. Sencillamente no tenía sentido que ambos bandos perdieran miles (incluso millones) de vidas en un conflicto innecesario”.

Debido a complicaciones de salud, Botha dimitió como presidente de Sudáfrica en 1989. Fue reemplazado por Frederik Willem De Klerk, quien se encargó de implementar las políticas que facilitaron la abolición definitiva del apartheid, así como la instauración de una democracia universal en Sudáfrica.

Con sus primeras reformas, De Klerk desarticuló muchas piedras angulares del apartheid: abrió las playas sudafricanas a todas las razas; derogó la ley que establecía lugares de ocio separados —parques, cines, restaurantes, autobuses, bibliotecas, servicios sanitarios y otras instalaciones—; disolvió el Sistema de Administración de Seguridad Nacional (una estructura secreta creada para combatir movimientos antiapartheid); legalizó a más de 30 organizaciones políticas; ordenó la liberación de los prisioneros políticos; abolió la pena capital; y reinstauró la libertad de prensa.

Una semana después de anunciar estas reformas, De Klerk se reunió con Mandela para informarle que sería liberado al día siguiente. Después de acordar el medio de su salida, Madiba realizó los preparativos necesarios para abandonar la prisión de Victor Verster el 11 de febrero de 1990, a sus 71 años de edad.
 

“No existe un camino fácil a la libertad, en ninguna parte. Muchos de nosotros deberemos atravesar el valle de la sombra, una y otra vez, antes de alcanzar la cima de nuestros deseos”.

 

Un recorrido inagotable

Reconstruir Sudáfrica implicó otros cuatro años de lucha, enfrentamientos armados y batallas burocráticas. No toda la minoría blanca estaba dispuesta a abolir el apartheid, pues tenía miedo de ser relegada a un papel sin importancia en el futuro de su país. Pero esta jamás fue la intención de Madiba: “Ningún hombre o mujer que haya rechazado el apartheid quedará excluido de nuestro movimiento hacia una Sudáfrica no racista, unida y democrática, basada en el principio de ‘una persona, un voto’, dentro de un censo electoral no excluyente”.

Las negociaciones posteriores a la libertad de Madiba, y su esfuerzo por terminar con la matanza, se concentraron en mitigar el miedo de los grupos raciales sudafricanos. Sin embargo, él no estaba dispuesto a comprometer la libertad de sus compatriotas. Durante las negociaciones, muchos sospecharon que una ‘tercera fuerza’ participaba en cientos de asesinatos con ayuda indirecta del gobierno del presidente De Klerk. Esto ocasionó el caos, pero Mandela hizo frente a todos los conflictos. Una de sus últimas victorias fue la organización de la huelga más grande en la historia de su país.

Paulatinamente, la desobediencia civil, las negociaciones entre los revolucionarios y el gobierno del presidente De Klerk lograron garantizar las elecciones libres y la creación de una nueva constitución para Sudáfrica. En un hecho sin precedentes, millones de negros (incluyendo al propio Madiba) votaron el 27 de abril de 1994 en las primeras elecciones libres del país. Actualmente, este día es recordado en la República de Sudáfrica como el Día de la Libertad.

 

Durante el proceso de Rivonia, Mandela declaró: “He luchado contra la dominación blanca y contra la dominación negra. He abrazado el ideal de una sociedad libre y democrática, donde todas las personas convivan en armonía y con las mismas oportunidades. Es un ideal que espero ver realizado y por el que espero vivir. Pero si es necesario, es un ideal por el que estoy preparado a morir”. Cuatro años después de su liberación, Madiba se convirtió en el primer presidente negro de su país y en el primer jefe de gobierno elegido por sufragio universal.

El cautiverio de Madiba nunca tuvo el efecto deseado por el gobierno sudafricano. Más bien, ayudaron a transformarlo en un símbolo mundial de la libertad y de la multirracialidad, amasando el apoyo de millones de personas y de diversos líderes mundiales, quienes exigieron constantemente su liberación y la eliminación del apartheid.

En su autobiografía El largo camino hacia la libertad, Madiba concluyó: “La verdad es que aún no somos libres; solo hemos alcanzado la libertad de ser libres y el derecho a no ser oprimidos. No hemos dado el último paso, sino el primero en un camino más largo y difícil. Ser libre no solo es desprenderse de las cadenas, sino vivir de un modo que respete y aumente la libertad de los demás. La verdadera prueba de nuestra devoción por la libertad no ha hecho más que empezar”.

 

 

 

FOTO Mandela1

Fotografía de South Africa The Good News (www.sagoodnews.co.za), bajo licencia CC BY 2.0 (creativecommons.org/licenses/by/2.0/legalcode)

 

FOTO Mandela2

Fotografía utilizada bajo bajo licencia CC BY 2.0 (creativecommons.org/licenses/by/2.0/legalcode)


 

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