Theranos, un engaño de 9 mil millones de dólares
La empresa estadunidense que prometía revolucionar la industria de los exámenes de laboratorio enfrenta graves acusaciones por riesgo médico y fraude.
Redacción MPC |
Theranos, un engaño de 9 mil millones de dólares

Elizabeth Holmes tenía solo 19 años cuando decidió competir con una industria valuada en 75 mil millones de dólares. En 2003 abandonó la carrera de ingeniería química en Stanford y, con los ahorros para su educación universitaria, fundó Theranos.

La idea era fantástica: exámenes de bajo costo (hasta 70% menos que en los laboratorios convencionales); diagnósticos rápidos y de fácil acceso (los resultados estaban listos en 24 horas y eran enviados por correo electrónico, o podían ser consultados a través de una app); las muestras eran tomadas mediante punción digital (un par de gotas de sangre eran suficientes para obtener resultados certeros).

Valorada como tecnología disruptiva y gracias a la perseverancia de Holmes, la compañía atrajo grandes inversionistas. En 2014 consolidó una alianza con Walgreens (la cadena farmacéutica más grande de Estados Unidos) para instalar centros de diagnóstico en sucursales de Arizona y California; fue valuada en 9 mil millones de dólares, mientras que Holmes figuró en la lista de los 400 ciudadanos más ricos de Estados Unidos y en la de personas más ricas del mundo —así pasó a la historia como la primera mujer en alcanzar una fortuna mayor a los mil millones de dólares.

 

El escándalo

La compañía estuvo envuelta en controversias desde sus inicios. Con el argumento de proteger su innovación y garantizar la rentabilidad, Theranos no publicó funcionamiento de su tecnología. Esto le valió duras críticas de expertos, quienes argumentaban que antes de salir al mercado toda innovación científica debe difundirse, discutirse y ponerse a prueba. También los criticaron porque su equipo directivo no contaba con personas que practicaran o tuvieran alguna experiencia en medicina; sino por estadistas, militares retirados y exsecretarios de estado.

En octubre del 2015, The Wall Street Journal publicó una investigación que cuestionaba la precisión de los diagnósticos de Theranos y su supuesta tecnología disruptiva. El reportaje, avalado por correos electrónicos internos de la compañía y testimonios de varios exempleados del laboratorio, reveló que la máquina Edison no era 100% precisa y que solo era utilizada para analizar 15 de las 240 pruebas ofertadas por la compañía. ¿Cómo hacía entonces Theranos para obtener resultados con tan solo una gota de sangre? Diluyendo las muestras que tomaba de sus pacientes.

El escándalo mediático alertó a instancias federales estadounidenses como la Administración de Medicamentos y Alimentos (FDA, por sus siglas en inglés), que en julio de 2015 certificó una de las 240 pruebas que Theranos ofrecía en su sitio web. En 2016 comenzaron una investigación y concluyeron que sus laboratorios no cumplían los requisitos mínimos de la legislación vigente, y que sus diagnósticos tenían altos índices de error. Tras las observaciones, se le otorgó a la compañía un periodo para subsanar sus irregularidades.

Al cumplirse el plazo, Theranos solo fue capaz de solucionar dos de las 45 inconsistencias detectadas, por lo que, a inicios de julio, su licencia fue revocada, sus laboratorios clausurados y se emitió una orden para prohibir a Elizabeth Holmes trabajar con nanotecnología por lo menos durante los dos próximos años.

Aunque la investigación federal por riesgo médico y fraude continúa, la compañía ya ha perdido todo su valor monetario ante el mercado, su prestigio y la confianza de sus clientes e inversionistas. Para algunos analistas, el fracaso de Theranos deja importantes lecciones para emprendedores, inversores, consumidores y autoridades sanitarias.

 

¿Maquillaje o compromiso?

Actualmente, la responsabilidad social se ha convertido en una visión de negocios que integra el respeto por las personas, la comunidad y la preservación del entorno como parte de la gestión de la empresa. Este es el objetivo que las certificaciones empresariales quieren validar, pero la reciente avalancha en el tema ha generado un debate sobre la verdadera inclusión de estándares de calidad y responsabilidad social en las empresas que adoptan certificaciones; o si solo son medios para mejorar la imagen de sus marcas.

¿Cuál es el problema? La cultura de ‘autocertificación’. El proceso de diversas certificaciones requiere que las mismas empresas llenen los cuestionarios para obtener un reconocimiento específico. Esto se presta a registrar información que no está verificada o que puede ser falsa. Entonces, si el mayor porcentaje de auditorías de certificación son realizadas por la propia organización, no pueden ser confiables.

Claro que la empresa debe revisar todos los puntos críticos de responsabilidad social, capital humano, cumplimiento regulatorio, etc.; pero también necesitan la validación de auditores externos: empleados, clientes, proveedores, organismos de gobierno, la comunidad donde trabajan, entes académicos y organizaciones no gubernamentales.

Este es el objetivo de la Certificación de Empresas en Mejores Prácticas Corporativas, desarrollada por el Centro de Investigación y Desarrollo (CID) del Instituto Mexicano de Mejores Prácticas Corporativas, A.C. (IMMPC). Dicha herramienta realiza una validación transversal de las áreas de negocio, teniendo como eje rector el Gobierno Corporativo. Atiende la necesidad de los empresarios, inversionistas, consejeros y terceros legítimamente interesados en validar el desempeño y la conducción transparente, honesta y responsable en la gestión de la empresa.

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