El conflicto de lealtades




«El conflicto de lealtades se da porque nuestros hijos conocen bien su lugar dentro de la familia de origen y, al mismo tiempo, están construyendo su propia familia.»


Existe un tema que afecta por igual a todas las familias empresarias que han logrado sostenerse por algunos años en el mercado: el conflicto de lealtades entre los fundadores y sus sucesores inmediatos. Nuestra familia, por la que nos hemos sacrificado tanto, ya no es la misma con la que empezamos el negocio. Al igual que la empresa, ha crecido y se ha transformado.


Los hijos han dejado de ser niños dependientes para convertirse en jóvenes adultos. Estos jóvenes, al igual que nosotros, van a formar nuevas familias.


Sucede, a menudo, que no queremos ver que los hijos o hijas que trabajan con nosotros en la empresa familiar ya no son aquellos muchachos obedientes y contentos tan solo por estar o trabajar a nuestro lado.


Nos sorprende que estos repelen, se opongan a nuestras instrucciones o «nos den el avión», es decir, que nos digan que sí, pero continúen haciendo las cosas a su manera. Probablemente esto ocurra porque se conjugan dos factores: en primer lugar, como padres, no les reconocemos a nuestros hijos su verdadera madurez.


Lo que se deriva, en segundo lugar, en una comunicación deficiente. Les escatimamos el lugar que se han ganado legítimamente, estudiando y trabajando, en contraste con la atención que prestamos a las opiniones de un ejecutivo contratado por nosotros.


Estas fallas en la percepción y comunicación provocan lo que he dado en llamar una «rebeldía adolescente» en la organización. El conflicto de lealtades se da porque nuestros hijos conocen bien su lugar dentro de la familia de origen y, al mismo tiempo, están construyendo su propia familia.


Ellos son hijos, en una relación originaria con sus padres, pero también esposos y padres, en la relación con sus propios cónyuges e hijos. Cuando en la familia no tenemos esto claro, cometemos el error de esperar que se comporten como si no tuvieran descendencia propia, al mismo tiempo que el cónyuge o su familia desearán que se conduzcan como verdaderos jefes de la misma: viendo primero por sus intereses y después por los de la familia de origen.


De ahí el conflicto. Sin claridad, los jóvenes adultos no saben bien en qué terreno están pisando, terreno que además suele cambiar dependiendo de la hora del día y del lugar en que se encuentren. Para solucionar esta situación hay que ventilarla, sacarla a la luz con respeto y con cariño en un lugar seguro.


El lugar más indicado es el Consejo de Familia que, en un ambiente distendido y sano, se reúne para tratar los asuntos que conciernen a la familia y su interrelación con la empresa. Invito a los fundadores a meditar en qué lugar se encuentran ustedes y sus hijos.


Y a ser ustedes los primeros en reconocer que, por alguna extraña razón, siguen viendo a sus hijos como niños o muchachos. Podrán caer en cuenta de que sus hijos ya son los jefes de sus propias familias.


GONZALO X. VILLAVA ALBERÚ

Socio de TEMPO Consultores y delegado en Jalisco del Centro Mexicano de la Familia Empresaria