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Pinceladas y otros imprevistos

POR IGNACIO TORRES

Aunque se podría pensar que una sucesión monárquica es de lo más sencillo, lo cierto es que no siempre ha sido tan simple como que muere el rey y lo sustituye el heredero. Una pintura de la dinastía británica Tudor da ejemplo de las posibles dificultades que se pueden dar.



Muchas son las historias sobre la realeza que llaman la atención por lo escandalosas que resultan en cuanto a intrigas, posibles asesinatos y hasta príncipes o princesas ilegítimas.


Todo esto, que bien podría llenar páginas y páginas de revistas de chismes, resulta esencial para la propia continuidad de la monarquía. Ahora son pocas las que aún permanecen a nivel mundial, todas constitucionales, es decir, sin poder absoluto para el rey o reina que ostenta la corona, pero todas, eso sí, basadas en la continuidad sanguínea.


El periodo medieval fue el más problemático para la cuestión hereditaria, pues aunque hubiera un sucesor masculino —el género era esencial en esa época— no siempre se respetaba la procedencia dinástica y otras casas nobles podían disputar, como lo hicieron varias veces, el derecho a la corona. Uno de esos duelos al derecho real resultaría en un cambio histórico trascendental, que entreabrió la puerta a una sucesión, ya no marcada necesariamente por una guerra aristócrata, como casi siempre había pasado, sino por una familiar. En este caso entre hermano y hermanas.


La llegada de la casa Tudor al trono de Inglaterra estuvo marcada por la Guerra de las Rosas, que duró entre 1455 y 1485, con el enfrentamiento de las casas York y Lancaster por el poder. En una primera etapa los York resultaron vencedores, pero, luego de retomar las hostilidades, los Lancaster fueron los triunfadores definitivos y con ello Enrique VII instauró la casa Tudor como la principal del reino.


Esta guerra, que duró 30 años, se conoce como «de las Rosas» porque tanto los York como los Lancaster usaban esa flor como emblema: de color blanco los primeros y rojo los segundos. Tras el final del periodo bélico, y consciente del poder de los símbolos, el nuevo rey unificó ambas casas bajo un emblema combinado, la rosa Tudor, roja y blanca.


EL LARGO CAMINO

En 1485 Enrique VII fue coronado como rey de Inglaterra y, para acallar el constante señalamiento de su cuestionable derecho al trono por ser un descendiente más bien incidental del rey Enrique V, rápidamente se casó con Isabel de York con quien procreó siete hijos: Arturo, Margarita, Enrique, Isabel, María, Edmundo y Catalina.


Arturo, nacido en 1486, era el primero en la línea de sucesión y con él parecía estar solucionado este asunto. Sin embargo, el destino tenía otros planes. Aunque se había casado con Catalina de Aragón —hija de los reyes católicos de España— como primer paso de preparación para su futura llegada al trono, murió al año siguiente, con apenas 16 años de edad.


Ese fue el primer revés en las diferentes sucesiones que se vivieron en los 118 años (1485-1603) de permanencia de la casa Tudor en el trono.


La prevalencia masculina hizo que la princesa Margarita fuera dejada de lado y, a la muerte de su hermano Arturo, fue Enrique a quien proclamaron como heredero al trono. Con él, que pasaría a la historia como Enrique VIII de Inglaterra, se inicia una de las historias que más libros, series y películas ha generado hasta la actualidad.


Enrique VIII se casó seis veces: enviudó en una ocasión;decapitó a dos de sus esposas; se divorció de dos más y finalmente una lo sobrevivió tras su muerte en 1502. De esta turbulenta serie de matrimonios resultaron: una princesa, María, legítima pero mujer; después otra princesa, Isabel, hija de su segunda esposa, con lo que su legitimidad se cuestionaba, además de ser mujer; y, finalmente, el heredero varón que tantos años buscó, Eduardo, legítimo y del género correcto. Al menos para los parámetros de ese momento.


EN ÓLEO Y EN PAPEL

La presión ejercida sobre Enrique VIII finalmente se relajó cuando nació su hijo varón, el príncipe Eduardo, en 1537, quien por ley lo sucedería en el trono. El rey, viril, atlético y potente desde su juventud, finalmente había cumplido con su principal deber: asegurar la sucesión. Sin embargo, al igual que para su hermano Arturo, el destino tenía otros planes.


Cuando Enrique VIII murió en 1547 su hijo ascendió al trono como Eduardo VI, con apenas 9 años de edad y, en la esperanza de todos, una larga vida por delante. Pequeño error de cálculo, a los 15 años de edad, en 1553, el rey Eduardo VI yacía en su lecho de muerte debatiéndose entre seguir el orden de sucesión que había indicado su padre o hacer la propia.


Aunque, al nacimiento del príncipe Eduardo, el rey Enrique VIII había decidido dejar fuera de la línea sucesoria a sus dos primeras hijas, María e Isabel, en 1544, por intervención de Catalina Parr, su sexta esposa, las princesas fueron restituidas. Si Eduardo moría sin descendencia, lo sucedería su hermana María, si con ella pasaba lo mismo, Isabel debía acceder al trono.


Estas disposiciones pueden verse en un retrato familiar pintado en 1545 que bien podríamos ver hoy como una gran muestra de fotomontaje. Para el año en que fue realizado hacía ocho años que había fallecido Juana Seymour, la madre del futuro Eduardo VI. Su presencia en la pieza se debe a la forma en que el rey Enrique VIII la recordaba: su único y verdadero amor.


Este retrato dinástico de Enrique VIII y su familia muestra al rey sentado en el centro junto a su tercera esposa, Juana Seymour y al príncipe Eduardo, su deseado heredero varón. A la izquierda se puede ver a la princesa María, convertida después en la reina María I, hija del rey y su primera esposa, Catalina de Aragón, de quien se divorció; y a la derecha aparece la princesa Isabel, quien reinaría después como Isabel I, hija del rey y su segunda esposa, Ana Bolena, la primera que decapitó.


La vista que se presenta a través de la arquería es del jardín del Palacio de Whitehall, la residencia oficial de los reyes de Inglaterra entre 1530 y 1698. El escudo heráldico del rey, grabado en madera, se muestra arriba de este, sobre la tela bordada de flores en tonos blanco y rojo, distintivos de la dinastía Tudor.


En la pintura, en que la rica ornamentación arquitectónica se ejecutó con gran detalle y precisión, todo parece seguir un curso incuestionable y sin sobresaltos. Al centro aparecen las figuras centrales, las de mayor importancia, y a los costados quienes deberán continuar con la dinastía si algo sale mal, sin embargo, no sería tan simple. Eduardo VI, de religión anglicana

(instaurada en Inglaterra por su padre), no quería dejar su trono a su hermana María, una devota católica, por lo que contravino lo estipulado por ley y decidió que su prima Juana Grey, también anglicana, fuera la sucesora. La aventura duró apenas nueve días.


María hizo frente a su prima, la hizo a un lado y ascendió al trono como María I, pero falleció sin descendencia por lo que, a regañadientes, decidió respetar los deseos de su padre y dejó el trono a Isabel I aunque también profesaba la religión anglicana.


Con la llegada de Isabel I al poder Reino Unido vivió una de sus primeras etapas de gloria y esplendor: derrotaron a la armada del imperio español; iniciaron la colonización de la costa Este de lo que hoy se conoce como Estados Unidos y William Shakespeare desarrolló su carrera.


Esta época, conocida como Isabelina, también marcaría el final de la dinastía Tudor. Con ella, situada en el extremo derecho de la pintura, terminaron 118 años de turbulenta historia familiar y dinástica. En 1603, con la muerte de la reina Isabel, quien nunca se casó ni tuvo hijos, fue necesario encontrar a un sucesor entre la familia extendida. El elegido fue Jacobo I, sobrino- nieto de Enrique VIII, que no era un Tudor sino miembro de la casa Stuart. Al final, sea en papel o en lienzo, una cosa se plasma, y usualmente es muy diferente la que realmente sucede.

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